La muerte y el jamón

Entré en la cocina con la intención de quitarme la vida, abrí el cajón de los cubiertos y saqué el cuchillo más afilado. Me ataqué el brazo como si fuera un violín, pero me tembló el pulso y le asesté un puyazo al jamón. Cayó una loncha limpiamente, tan fina y jugosa que se me inundó la boca y tuve que hacerme un bocadillo.
Qué jamón, me decía interiormente, si parece que se deshace en la lengua. Y ese tomate en el pan, y ese chorrito de aceite, con ese puntito de sal que da el jamón de jabugo.. Al llegar a la mitad del bollo me entraron unas ganas inmensas de vivir, pero en uno de los últimos bocados tiré del jamón con el colmillo y dejé el mendrugo más seco que el ojo de un tuerto. Se me calló el alma al suelo, y me metí una mojada en la panza que se asustó hasta el cuchillo.

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